Fundación Unicaja

PROGRAMA

5 Preludios op. 15 (8 min)

No. 1, en la mayor
No. 2, in fa sostenido mayor
No. 3, en mi mayor
No. 4, en mi mayor
No. 5, en do sostenido mayor

 

Alexander Scriabin (1810-1856)   

 

 

Balada en Sol menor nº 1 op. 23 (9 min)

Frederic Chopin (1810-1849)   

Nocturno póstumo en do sostenido menor (4 min)

Frederic Chopin

Fantasía en si menor op. 28 (9 min)

Alexander Scriabin

II 

9 Preludios op. 1  (18 min)

Andante ma non troppo
Andante con moto
Andantino
Andantino con moto
Allegro molto — Impetuoso
Lento — Mesto
Moderato
Andante ma non troppo
Lento — Mesto

Karol Szymanowski (1882-1937) 

 

 

 

Sonata para piano noº 5 op. 53 (11 min)

Alexander Scriabin

_______________________________________________

Distinguida por la crítica como una artista brillante, elegante y personal, Judith Jáuregui es habitual en los escenarios españoles y ha dado el salto internacional en marcos de referencia como el Festival de La Roque d’Anthéron o Festival de Montpellier (Francia), la Kammermusikwoche de Schloss Elmau (Alemania), el National Center for the Performing Arts (Beijing) o el Suntory Hall (Tokyo), donde finalizó con éxito su reciente gira por Japón junto a la Orquesta Nacional de España.

Asimismo ha colaborado con las principales orquestas españolas y con prestigiosas formaciones internacionales como la Orquesta de Cámara de Múnich, Das Neue Orchester de Colonia, Sinfonietta Eslovaca o la Sinfónica de Aarhus (Dinamarca) , trabajando con directores como Boreyko, Soustrot, Matheuz, Liebreich, Spering o Zehnder.

Cumpliendo con su faceta más emprendedora en 2013 Jáuregui creó BerliMusic, su propio sello discográfico. Tras la excelente acogida de “Aura” y el emotivo homenaje a Alicia de Larrocha y a la tradición pianística española en “Para Alicia, inspiración española”, publica este otoño “X” con obras de Scriabin, Chopin y Szymanowski contando con el apoyo de la Fundación BBVA.

Entre sus próximos compromisos destaca su concierto en Caracas junto a la Orquesta Simón Bolívar dirigida por Gustavo Dudamel, su residencia en el Festival Murten Classics de Suiza, el Pianos Festival de Lille en Francia y su presencia en otros escenarios españoles como el Auditorio de Alicante, Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, Teatro Gayarre de Pamplona, Sala María Cristina de Málaga, Festival Musika-Música de Bilbao, Palacio de Festivales de Santander o la Fundación Juan March de Madrid.

 

Notas al programa

Entre el tormento y el éxtasis

Al éxtasis siempre le precede el tormento, ese lugar inhóspito desde el que nada puede vislumbrarse, como la bruma que esconde un acantilado. Poco camino podía ver ante sí el joven Alexander Scriabin cuando aquel médico le diagnosticó que el dolor de su mano derecha bien podía ser crónico y no hallar cura. Debía, por tanto, resignarse a abandonar su carrera concertística y encontrar la luz en la composición.

Los dolores brotaron en el verano de 1891, cuando estudiaba las Reminiscencias de Don Juan, una página compuesta por Franz Liszt de la máxima dificultad que pretendía utilizar en su examen de grado en el Conservatorio de Moscú. La dura exigencia de aquellos días pudo pasarle factura en forma de una disfunción motora en la mano derecha. “Grité contra el destino, contra Dios. Y compuse mi primera Sonata como una marcha fúnebre”, acertó a escribir en sus notas de aquellos días. Luego, los dolores fueron desapareciendo de sus diarios. No sabemos si remitieron o, simplemente, los ignoró el resto de su vida y arrojó el pesar que le causaban al fuego de su creación. En esos años concibe los Cinco Preludios op. 15. El subyugante tercer preludio de la serie está sembrado de acordes arpegiados y requiere la misma respuesta de ambas manos, siempre buscando el equilibrio. El apacible cuarto pide una enorme sutileza en la melodía para conseguir una atmósfera de serenidad.

De los oscuros presagios Scriabin pasó a la revelación. Escribirá que “la sustancia del mundo es amor y deseo. El instante último será diferenciación absoluta y unidad absoluta: el éxtasis”. Esta epifanía le llevó a abrazar la teosofía y el übermensch de Nietzsche. Ese “más allá del hombre” habita un nuevo estadio antropológico, una relación renovada con el cosmos que le llevará a la aspiración hasta el final de su vida por concebir la obra de arte total: un gesamtkunstwerk que integrara la naturaleza, la luz, la poesía, la danza y los sentidos. Al tormento le sucedía el éxtasis y la voluntad quedaba por encima de las circunstancias para hacer bueno lo que más tarde escribirá Stefan Zweig: “No hay ley de tiempo para un artista, él mismo se crea su tiempo”.

Judith Jáuregui ha colocado a Alexander Scriabin en el centro de esta nueva grabación, que guarda una cuidada relación con toda su discografía anterior. Los tres compositores guardan una estrecha vinculación entre sí, como ocurría en Aura con Liszt, Debussy y Mompou. Esta vez la constelación parte del compositor ruso, que bebe de Chopin para alumbrar, conjuntamente, el pianismo del joven Szymanovski. Los colores azul y rojo que arropan este registro remiten además a ese intercambio de sentidos entre sonidos y colores llamada sinestesia. Scriabin lo experimentará a lo largo de su vida y dará lugar a partituras como Prometheus, que influirá en Kandinsky y su Der Blaue Reiter.

El compositor ruso rescató varios versos de su célebre Poema del éxtasis para componer en poco más de una semana la Sonata para piano nº 5 op. 53. “Os llamo a la vida, ¡oh, fuerzas misteriosas”, dice el primer verso. Como en la película de Carol Reed, el tormento y el éxtasis están separados por una delgada línea. De la misma forma que Miguel Ángel arranca el David de aquel voluminoso mármol que en Florencia era conocido como “el gigante”, Scriabin esculpe por primera vez una sonata en un solo movimiento que anhela invocar lo absoluto, fundir lo masculino y lo femenino en un estadio único y llegar al éxtasis a través de armonías de tensión y ritmo frenético. Las anotaciones de la partitura empujan al intérprete a una espiral en la que anegarse, como Isolda en el Liebestod.

De la familia de su segunda y tercera sonatas es la Fantasía en Si menor op. 28, que aún habita el post-romanticismo. El ritmo en esta pieza resulta vital para llegar a los clímax que la habitan, más dionisiacos que apolíneos. La partitura se caracteriza por evitar la tónica en su desarrollo, algo que se encuentra en las baladas chopinianas o el Tristán de Wagner. Sí encontramos un gran lirismo en el segundo tema, en Re mayor, que se desarrollará más tarde con majestuosidad.

La deslumbrante Balada en Sol menor nº 1 op. 23 es una de las músicas más extasiadas de toda la literatura para piano. Surge de otro tormento, el que experimentó Chopin en Viena cuando se sabía alejado de su familia y amigos mientras Polonia luchaba contra el imperio ruso. Una obra en la que todos los elementos se hallan imbricados a un nivel que trasciende la propia partitura para darle ese aire entre dramático, lírico y melancólico. Era la preferida de Robert Schumann y quizá del propio Frederic Chopin. El Nocturno póstumo en Do sostenido menor es una pieza familiar para el gran público, de melodías sencillas pero que calan en lo más profundo del alma.

Los Nueve preludios op. 1 de Karol Szymanovski comienzan con unos compases que el pianista Arthur Rubinstein calificó como un gozo “imposible de describir”. Las epifanías tienen esa capacidad, la de dejar sin palabras a quien las experimenta, como una verdad que se revela y deja suspendido el éxtasis provocado por el momento. El ciclo se escucha casi como un preludio extenso, unido entre sí por el lirismo que despiden cada uno de ellos, con tempi moderados y lentos y, en su mayor parte, con una tonalidad en modo menor. El compositor destruyó casi toda su producción de esos años y sólo ha sobrevivido esta colección, que publicó como miembro de Joven Polonia en Música, un grupo de nuevos compositores polacos que tenía a Chopin como el Zeus de su pequeño olimpo. Un oído atento puede encontrarse con él en los recovecos de esta obra, como en el segundo o el séptimo, de igual forma que ocurre con Scriabin en el sexto. El último preludio quizá sea el que  se descubra la verdadera personalidad del joven compositor, que morirá en Lausanne de tuberculosis, en una clínica no muy lejana del número catorce de la Avenue de la Harpe, donde Alexander Scriabin escribió su Sonata para piano nº 5.